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Entrevista a Marcos A. palacios, autor de «Fantasía y terror de una mente equilibrada»

Entrevista a Marcos A. palacios, autor de
«Fantasía y terror de una mente equilibrada»

Se ha escapado con unos saltos temporales en su Anacronópete hasta el 2020. Enrique Gaspar y Rimbau entrevista a Marcos A. Palacios con motivo del lanzamiento de su libro de cuentos Fantasía y terror de una mente equilibrada. ¿Podrá una eminencia del siglo XIX con un perturbado escritor del XXI? 

Me he dado una vuelta por 2020 para entrevistar a uno de los autores que me enorgullece haber editado, alejados estos de los recuerdos del futuro al que tengo acostumbrado a nuestro público incondicional. 

Hoy me he acercado con mi anacronópete a Marcos A. Palacios, del que la hemos editado su opera prima: Fantasía y terror de una mente equilibrada.  

Marcos es un singular personaje, que parece extraído de sus propias narraciones… y de la portada del libro, porque su mirada es como un sujeto que desafía lo que estás pensando de él. Y creo que lo sabe. 

Enrique Gaspar y Rimbau. Gracias, señor Palacios, por recibirme en esta anacrónica entrevista, y dejar a mi disposición su suntuosa biblioteca en su piso de Alicante. Un escenario ideal para nuestro encuentro. 

Marcos A. Palacios. Gracias a usted por interesarse por mi primer libro que, por cierto, ya le he dedicado y firmado el ejemplar que me ha traído. Aquí tiene… 

EG¡Excelente! Ya me he leído todo el libro, que lo sepa. Y lo que más me ha llamado la atención, es la variedad de géneros que aparecen. ¿A qué se debe esto? 

MP. Bien, cuando mi editor leyó mis cuentos, le encantaron. A pesar de que algunos son muy primerizos, pero están muy bien escritos. Con los años he evolucionado, y el año pasado decidimos publicar todos los cuentos que ya tenía escritos hasta esa fecha, porque reflejan muy bien esa primera etapa

Casualmente, todos tienen un punto en común, ese nexo que los alinea en una misma cadena: acontecimientos que se encuentran entretejidos en nuestra realidad, que no pertenecen exactamente a otro plano, y que a menudo no percibimos. Podemos encontrarnos con un futuro distópico, con un asesinato, con el origen de leyendas urbanas y seres sobrenaturales… La ciencia todavía es muy inexperta, y la física, incluso la mente humana, así que no pueden explicar todo lo que vemos o lo que existe, con exactitud. Todo esto es el origen de mis historias. 

No presento estos hechos como algo que vienen del más allá, sino que están ahí, en ese punto de nuestras vidas, en un rincón del que nunca nos percatamos ni tenemos tiempo de investigar. De ahí pueden salir muchas cosas buenas, o malas también. 

EG. ¿Deja alguna impronta personal en sus historias? 

MP. Sí. En ocasiones, diría que la mayoría, son experiencias disfrazadas. ¡No voy a airear mis trapos sucios directamente! Nuestras vidas tienen algo que contar, al fin y al cabo, que le interesa al público, y esas experiencias personales pueden usarse como ingredientes en la ficción, moldearlas y sacarles partido. 

Por ejemplo, en Peor que la guerra, aparecen muchos sueños que de pequeño se repetían muy a menudo, y llegaron a ser una obsesión hasta que he conseguido exorcizarlos: las manos, las ratas y las lagartijas, la Chacha… todos forman parte de mis sueños. 

La interpretación de mis historias la dejo a criterio de los lectores. Y no todas esas ideas son mías. Tienes que tener mucho estómago para hacer que un personaje siga unos principios que no son los tuyos, y dotarlo de realismo. 

EG. Otra de las características de este libro, son sus localizaciones. Muchas de ellas imprecisas, pero la mayoría en España. ¿Qué importancia tiene este punto en su narrativa? 

MP. Creo que los futuros son tan “universales” que podrían darse en cualquier lugar. Por ello en mis cuentos de ciencia ficción es donde utilizo más la imprecisión en las localizaciones. En cambio, para otros géneros me gusta hacer hincapié en nuestro país. Es una cultura repleta de mitos, leyendas e historias que merece la pena ser el escenario principal. 

Sin ir más lejos, Cruceiro es una novela corta, al final del libro, que transcurre en un pueblo imaginario del mismo nombre, situado en una zona indefinida entre León y las provincias gallegas. La protagonista acude en busca del recuerdo de su bisabuelo, y hallará una pesadilla inimaginable, en la que la misma naturaleza y sus habitantes no parecen ser muy normales. Precisamente es en esta obra donde he puesto muchísimo empeño y de la que me siento muy orgulloso

Y en La biblioteca de los malditos… no puede haber mejor escenario para un cuento fantástico: Toledo, la ciudad de las Tres Culturas, donde el protagonista, un joven de hoy en día, pero con actitud y estilo de vida decimonónicos, traspasa un umbral extraño que le trasporta a una biblioteca como jamás habría imaginado, alejada de toda explicación espacio-temporal. 

En cambio, hay otras historias que por necesidad están localizadas en el extranjero. En El sueño de la razón, a pesar de que no menciono la ciudad donde transcurre, los nombres de sus protagonistas son todos de origen anglosajón. Evidentemente, es un homenaje a figuras históricas y escritores, personajes de series y películas… 

EG. ¿Qué influencias ha recibido en estos cuentos que acaba de publicar? Porque, de una forma u otra, dispone de un buen fondo de lectura. 

MP. Podría decir que Al diablo le gusta leer tiene un fondo a Poe, por el tema del misterio del libro y los terribles sucesos que desencadena, y que Las plañideras del tiempo es un eco a Isaac Asimov; lo escribí después de finalizar toda la saga de Fundación, y necesitaba exteriorizar lo leído. 

La verdad, me pone en un aprieto, porque cuando escribo no pienso en nada concretamente, simplemente me sale como me sale. 

EG. Tengo entendido que tiene en muy alta estima “las cosas y la vida” decimonónicas…. En mi época se escribe mucho con el sentimiento. Sería propio de usted hacer lo mismo. 

MP. La literatura de su época es una de mis favoritas. Existía esa caballerosidad entre personas, lenguaje exquisito e inteligente. Veo esa época como un paradigma de la comunicación entre las personas (las notas, las cartas, tan elaboradas, cordiales y llenas de arte). La literatura no nos engaña y refleja fielmente los códigos de comunicación. Esto lo reflejo perfectamente en La biblioteca de los malditos. El protagonista está muy chapado a la antigua, pero adora esa vida plena enfocada al arte, a la literatura, a las ciencias y la filosofía… todo ello contrasta con el descontrol de estos días. Ese joven es un trasunto de mi propia personalidad. 

EG. La tecnología de su siglo no está muy presente en sus cuentos. ¿Hay alguna razón? Actualmente, a finales del XIX, nosotros estamos muy volcados con los nuevos adelantos. Claro que no se puede comparar… 

MP. La tecnología está totalmente al servicio del ser humano, que para eso la creó. Puede que la utilice también erróneamente, ahí entra mi crítica. Podría decir que no tienen importancia alguna en el relato. El peso de la ciencia ficción en mis historias recae prácticamente en el ser humano. 

En el relato Cuestionar la eternidad hablo mucho de este tema; de la ambición humana, del transhumanismo. Es una especulación sencilla que invita a reflexionar sobre ciertas consecuencias. Las naves espaciales y la tecnología, como habrá comprobado, son solo vehículos en un escenario dramático. 

EG. ¿Le gustan los finales felices y detallados, que aclaren totalmente lo ocurrido? Lo digo porque a veces creo que sus historias no acaban del todo bien o no explican muchas cosas. 

MP. En realidad, no me gusta dar el bocado ya masticado. Quiero que el lector piense y se fije en los detalles. Tampoco me resulta fácil detallar un final. Para mí escribir es reflejar la realidad. Nuestras vidas continúan después de cualquier fenómeno: una muerte, una aventura, un cataclismo, una situación excepcional…  

Siempre dejo una puerta abierta. Eso hace picar la curiosidad. Si se fija bien, en Poco que perder apenas se esbozan las razones del horrible acontecimiento y te haces muchas preguntas. Así es como el personaje principal experimenta los sucesos. Lo mismo le sucede al protagonista de La gente de la calle. Nunca podrá explicar por qué suceden esos fenómenos a través de las persianas. ¿Es la luz? ¿Es otro plano de realidad en nuestra propia realidad? 

EG. ¿Entonces sus personajes se mueven en estas ideas? 

MP. Más o menos. Hay que aceptar las cosas como llegan, tengan o no una explicación, porque si te cierras a un mundo de fantasía, cuando te ocurra una desgracia sufrirás más, no estarás preparado emocionalmente, no comprenderás que la vida es así. 

En primera instancia eso es lo que, supuestamente, le ocurre a la anciana de No son más que ratas o al muchacho de El Señor Lápida. Estos dos cuentos son un reflejo de en qué puede convertirnos una experiencia traumática de la que no nos recuperamos, pero que, con la suficiente fuerza, podemos regresar completamente cambiados. Claro que estoy hablando de un plano sobrenatural. Por esa razón procuro que mis personajes, sea cual sea su destino, se enfrenten a él. Un personaje que ante un contratiempo en seguida se derrumba y huye no sirve para nada, es desechable. No crea historia, no da juego ni resulta interesante. Debe estar vivo, y dudar de lo que ve o experimenta, como nosotros. 

EG. Como soy un hombre curtido en la escritura —eso huelga decirlo, ya me conoce usted—, quiero que me cuente lo que espera de esta primera publicación. Está en el primer paso de ser conocido a nivel general, masivo, y eso siempre crea expectativas. 

MP. Lo que deseo en este sentido es que me lean, me conozcan, y que mis lectores quieran más, esperen el próximo libro con ansiedad, al igual que yo devoro a otros autores que me entusiasman; y mi público sepa que con cada libro que compren van a encontrar lo que buscan y lo que me define. Creo que esta primera antología —más bien, recopilación de todos mis cuentos— que va desde 2015 a 2019, es una buena carta de presentación para hacerse una idea del nivel de mi narrativa que, desde luego, ha mejorado con el paso del tiempo. 

EG. Ha sido un placer este breve pero fructífero encuentro, señor Palacios. Le auguro un futuro literario pleno. 

MP. Gracias a usted por molestarse en esta travesía al siglo XXI. ¡Que tenga buen viaje! 

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Entrevista a Dolors Fernández, autora de «El club del tigre blanco»

Entrevista a Dolors Fernández,
autora de «El club del tigre blanco»

Hoy D. Enrique, autor de El Anacronópete,  ha hecho un salto en el tiempo y viene a visitarnos a la editorial que lleva a gala su nombre, Gaspar & Rimbau, y que se honra en editar su obra. Su pirueta temporal tiene un motivo: entrevistar a una de nuestras escritoras más recientes, la barcelonesa Dolors Fernández. Su novela, El club del tigre blanco, que acaba de incorporarse al catálogo de novedades, ha impresionado a nuestro mentor, hombre versado en cronologías y cauto con las mujeres. En el tono singular que le caracteriza, D. Enrique nos regala sus pesquisas sobre El club del tigre blanco mientras atiende a las razones de su autora. La obra, y con motivo, le produce asombro y le invita a la reflexión.

Esta novela descarnada por momentos, humana y sensual, como las pasiones que describe, se sitúa a caballo entre España y Tailandia, entre lo sórdido y lo doméstico, a través de un argumento trepidante, con buenas dosis de ironía y cinismo, donde destacan sus cuatro protagonistas: Pip, un joven tailandés, una especie de marioneta en manos del destino; Azucena, una española desinhibida e ilusa, cuyas ganas de prosperar son el detonante de la historia; el Fantasma de la Ópera, tan melómano como fetichista y megalómano; y Papkao, la prostituta tailandesa que con su venganza se encarga de provocar el desenlace. El resultado es una obra atípica y excitante.

No es de extrañar, pues, que D. Enrique haya sucumbido a los encantos de El club del tigre blanco y desde su Valencia natal del siglo XIX haya decidido saltar en el tiempo para lograr la primicia de su publicación. En Gaspar & Rimbau, como no podía ser de otro modo. Por la misma razón, ha sido D. Enrique en primera persona quien ha querido entrevistar a nuestra autora, Dolors Fernández, en un alarde de osadía y caballerosidad.

Enrique: Buenos días, Dolors, es para mí un placer conocer a la autora de El club del tigre blanco, una obra que, permítame la franqueza, me asombrosa y desconcierta a partes iguales.

Dolors: D. Enrique, es para mí un honor estar hoy aquí con Vd., sin duda. Tener la oportunidad de conversar con un hombre de su tiempo, un escritor de su talla y un visionario a quien debo, además, la publicación de mi novela. Es casi un sueño.

E: Me abruman sus elogios, Dolors… Pero ahora hablemos, si no tiene inconveniente, de su novela. Ciertamente, su lectura me subyugó desde el principio y también me impresionó. Antes de intentar dilucidar algunos detalles de su libro, permítame la franqueza: no me la imaginaba en absoluto así.

D: ¿Ah, no, D. Enrique? ¿Cómo entonces?

E: Más, más… No me malinterprete, por favor, mi intención no es ofenderla, pero es que la historia que narra en su novela no es propia del bello sexo. Me figuraba yo que tendría Vd. un aire más varonil.

D: D. Enrique, los tiempos han cambiado. En el siglo XXI nos hemos sacudido muchos prejuicios y cualquiera, independientemente de su sexo, puede abordar el tema que le interese, como yo en El club del tigre blanco.

Dolors Fernández

E: Ciertamente son otros tiempos bien distintos. Anotaré en mi cuaderno de bitácora esta particularidad sobre las mujeres en el siglo XXI. Y ahora regresemos a su novela, Dolors, que es el tema que nos ocupa. Al situar El club del tigre blanco en la nación tailandesa, el antiguo reino de Siam, gozará Vd. de un generoso caudal de conocimientos sobre el país asiático, tan alejado él de nuestra Península ibérica.

D: Bueno, siempre que se narran historias fuera del ámbito próximo, conocido, hay que hacer, digamos, un esfuerzo extra. En este caso he leído mucho, me he documentado y he viajado a Tailandia.

E: Pero ¿por qué Tailandia para su ópera prima? A buen seguro que hay alguna razón.

D: Pues porque aparte de ser el país de las sonrisas, es un paraíso para las drogas y el sexo, y el detonante de mi historia tiene que ver mucho con eso. Todos los personajes tienen algo en común: la búsqueda de un afrodisíaco muy potente, casi sagrado, que se extrae del tigre blanco. Y algo así solo podía pasar en un país del sudeste asiático.

E: Fíjese, Dolors, que al oírla hablar, me la he representado mentalmente como  a Jasón en  busca del mítico vellocino de oro. Usted y sus argonautas: Pip, Azucena, el Fantasma de la Ópera y Pakpao.

D: Ja, ja, ja, ni se me había pasado por la imaginación, D. Enrique… ¡Qué mas quisiera yo que poder recrear el mito del vellocino de oro versión siglo XXI!

E: ¿Por qué no? Sin embargo, observo sensibles diferencias entre sus “argonautas”. Azucena Cifuentes es un personaje muy diferente a los demás, que se mueven en la degradación e  indigencia moral.

D: Azu es una chica del primer mundo, soñadora, inocente y naíf, como buena parte de nuestra sociedad occidental. Lleva una vida que puede considerarse “normal”, sin muchas perspectivas, sin inquietudes, sin demasiadas complicaciones. Es una “aburrida” existencial, un nuevo tipo emergente, que se diferencia del nihilista, pero que tiene puntos de contacto con él.  Y desde esa aparente trivialidad, la anécdota más insignificante desencadena una serie de acciones imprevisibles que implican un mundo tan alejado del suyo como es Tailandia.

E: ¿Como en el efecto mariposa? Procuro documentarme sobre los grandes avances de su siglo y las teorías del insigne Edward Norton Lorenz me parecen cautivadoras.

D: Algo así, en efecto. Usted lo expresa mucho mejor que yo, D. Enrique.

E: Por otro lado, el resto de personajes es extrañamente inusual. ¿En quién se inspiró para crear al Fantasma de la Ópera? ¿No cree que es excesivamente histriónico?

D: Algo de esperpéntico tiene, es cierto, pero ¿quién no conoce a seres prepotentes, petulantes, esos presuntos “grandes hombres” que están convencidos de que la vida es un gran self service?

…creo que todos escondemos uno, dos, tres o cuatro pequeños perturbadores dentro de nosotros. Yo, hasta cinco o seis.

E: ¿Por ejemplo, Doña Dolors?

D: ¿Quiere Vd. que me pierda, D. Enrique? Si me estira de la lengua me tendré que mudar de ciudad, incluso de país… Y apéeme del “Doña”, por favor, que me queda grande y antiguo.

E: Ah, claro, claro, disculpe mi poco tacto.

D: Está disculpado. Además, le confesaré algo: como el escritor Muñoz Rengel, creo que todos escondemos uno, dos, tres o cuatro pequeños perturbadores dentro de nosotros. Yo, hasta cinco o seis.

E: ¿Y esa perturbadora que radica en su interior es la que la ha impelido hacia los bajos fondos de Bangkok? ¿También allí ha conocido a algún Crocodrile Bang? Paréceme un ser temible y  siniestro.

D: Todos tenemos un pasado, un depósito del horror real e imaginario que ayuda al escritor a perpetrar esos crímenes narrativos, a crear esos Frankenstein que llamamos personajes. En mi viaje a Tailandia puede decirse que tuve encuentros muy “literarios”, respiré la atmósfera de la calle Soi Cowboy y me relacioné con algún que otro Crocodrile Bang, aunque pude escapar a tiempo. La noche confunde, pero las sombras que proyecta, bien gestionadas, pueden dar excelente resultados.

Y ahora permítame a mí hacerle una pregunta, D. Enrique: ¿cuál es su personaje favorito en El club del tigre blanco? Yo le confesaré que siento debilidad por Crocodrile, pese a su aspecto repulsivo.

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E: Francamente, me pone Vd. en un aprieto. ¡Crocodrile, dice? Al hacer tal afirmación manifiesta una aspereza de carácter realmente impropia…

D: ¿Del sexo débil o del bello sexo?

E: ¡De cualquier sexo! Es un ser perverso y depravado, aunque en verdad ninguno de ellos es un dechado de virtudes.

D: Por supuesto que no, son personajes grises, como todos nosotros. Solo que ellos, tal vez, tiran un poco más hacia el negro. Aun así, seguro que alguno habrá…

E: Bueno, si me impone la tesitura de elegir, no deseo ser descortés, Dolors. Ejem, yo, que soy un hombre de convicciones firmes, le diría que Pakpao es la que me provoca una suerte de admiración compasiva. Es bella y leal, pero su ira es comparable a la de una Erinia, y eso me perturba.

D: Buena elección, D. Enrique. Pakpao es excitante. Una tailandesa con un destino bastante claro que se rebela contra el fatalismo de su vida. De ahí su rabia, y de ahí que se convierta en “Mariposa de la Luz”. Y hasta aquí puedo leer.

El infierno existe en Tailandia y mucho más cerca también.

E: Realmente es un enfoque que no había contemplado hasta ahora… ¿Puede suceder que Pakpao funcione en la novela como su alter ego? Ya sabe que es una indagación clásica en cualquier obra que se precie desde tiempos inmemoriales.

D: Yo no diría tanto, D. Enrique, pero ¿quién sabe de lo que seríamos capaces cualquiera de nosotros en situaciones límite? El infierno existe en Tailandia y mucho más cerca también.

E: ¿Eso es lo que quería mostrar a sus lectores con esta novela, el infierno del siglo XXI?

D: Creo que en el fondo sí, el infierno en Tailandia o en cualquier otro lugar. Aunque no me planteé la novela en esos términos, pero la historia me ha ido llevando por ahí. La relación de fuerzas que se establece entre los personajes de mi novela sería extrapolable a cualquier ciudad del mundo con algunas modificaciones. Cuestiones cosméticas.

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E: Por lo que veo no han cambiado tanto las cosas en siglo y medio… Y yo que me había ilusionado tanto con esta época… Oírla hablar de infierno, Dolors, se me hace extraño y me inquieta. Su novela destila, cuando menos, agnosticismo y anticlericalismo.

D: Lo del infierno es una metáfora muy empleada hoy en día. No soy para nada religiosa, pero tampoco soy una anticlerical furibunda. En mi novela el misionero solo recibe lo que se merece.

E: En mi época podría enfrentarse a un auto de fe por atreverse a decir algo así.

D: D. Enrique, ¿me está Vd. llamando bruja, hereje?

E: ¡Nada más lejos de mi pensamiento, Dolors! Algunas tropelías, sin lugar a dudas, se han cometido en nombre de Dios. Pero una oveja descarriada no debiera ensuciar el buen nombre de todo el rebaño.

D: ¡Pero si es que las descarriadas son legión, D. Enrique! Con todos mis respetos, menos rebaños y más personas, y que luego cada cual profese la religión que le venga en gana, que para eso debiera ser una elección personal e intransferible.

¿Héroes en El club del tigre blanco…? ¡Imposible! Yo soy más de antihéroes.

E: Sin embargo, no todo es abominación en su novela. Tras esta trama de corrupción, tras esta galería de personajes del lumpen (ahora hablo como mi admirado colega alemán Karl Marx), asoma a menudo un tono humorístico y despreocupado, asaz posmoderno según mis últimas indagaciones. Es algo que me desconcierta.

D: Soy hija de mi tiempo, D. Enrique: descreída, escéptica, sarcástica por momentos.  Compréndalo, me niego a asumir un tono doctrinal o moralizante en el que no creo. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer, y  menos a mis lectores. Los héroes y los finales felices murieron hace mucho…

E: Con razón andaba yo a la zaga de algún héroe con empaque y he optado por desistir…

D: ¡Claro, D. Enrique! ¿Héroes en El club del tigre blanco…? ¡Imposible! Yo soy más de antihéroes.

E: ¡Válganos Dios! ¿Quién va a trazar entonces esa necesaria línea entre el bien y el mal?

D: Cada cual traza sus líneas, a veces torcidas, y escribe su destino, D. Enrique. A eso se le llama libre albedrío, aunque no sé yo si considerarlo libre, lo que se dice libre…

E: Meditaré lo que me ha dicho, Dolors. Es Vd. una mujer sorprendente. Creo que habré de invertir en ello algún tiempo, pero aplaudo su valentía y el coraje que destila su obra. Se me quedan preguntas en el tintero, pero el tiempo se me acaba. Me esperan deberes inexcusables en otro tiempo y en otro lugar, aunque no tan lejano de este como el reino de Tailandia. Le deseo que su novela coseche muchos éxitos y que más pronto que tarde podamos reanudar este coloquio.

D: Lo mismo digo, D. Enrique, un placer haberle conocido. Que el reencuentro llegue pronto, quién sabe, tal vez en un tiempo futuro, a bordo de su Anacronópete…

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Anacronópete en Tenerife

El siguiente es un relato publicado en el periódico El liberal de Tenerife entre los días cinco y siete de mayo de 1892. Dicho relato fue rescatado por el anacronauta Nicolás Elótegui Escartín, canario y gran conocedor de las maravillas y secretos que conforman este conjunto de islas paradisíacas.

Don Nicolás se ha tomado el trabajo de incorporar sendas notas y un moderno mapa eléctrico para comprender mejor todas los referencias citadas en el texto.

Para verificar la autenticidad de esta noticia, acompáñola con los enlaces telegráficos a los sendos artículos originales de los días cinco, seis y siete de mayo de 1892, junto con un texto a modo de despedida del periodista y autor de la nota, que no hace más que aumentar el misterio sobre todo este asunto.

Agradeciendo nuevamente a Don Nicolás por toda la información aportada, déjoles a ustedes disfrutar por fin del relato.

ARTICULO I.

Preparativos y partida.

No hace muchos años que un escritor festivo publicó en Madrid un libro titula­do El Anacronópete, en el qué hace la des­cripción de un notabilísimo aparato que llevaba este nombre.

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Consistía en un vehículo a modo de gran vivienda con multitud de habitaciones y máquinas, que se movía con rapidez apenas concebible, en derredor de nuestro planeta.

El inventor de este aparato fue el viejo tutor de una joven sobrina suya, que tenía relaciones amorosas con un oficial del ejército, a quien el tutor no podía tragar.

Como al llegar la joven a su mayor edad haría su regalado gusto, sin que nadie pudiera impedirlo, todo el tiempo se le iba en recordar el viejo aquellas an­tiguas épocas en que las leyes no permi­tían las libertades que hoy permiten a las niñas, y en discurrir algún medio pa­ra volver al pasado y salirse con la suya, impidiendo que su sobrina contrajese matrimonio con el oficialito.

Desde luego se comprendo que para que aquello sucediera era necesario de­sandar lo andado, es decir, retroceder en el tiempo, y eso nada menos es lo que pretendía el buen señor.

Supongo que la inmensa mayoría o quizás todas las personas que tuviesen noticias de estas pretensiones lo toma­rían por loco. ¡Retroceder en el tiempo! Esto habría de ser una obra milagrosa, propia de un ser omnipotente y no de un simple mortal. Hasta ahora teníamos noticia de haber detenido su marcha con el milagro de Josué; pero hacia atrás nadie lo había conseguido, ni siquiera intentado.

Nuestro héroe lo intentó y lo consiguió de la manera más sencilla del mundo, fundándose en la propia disposición de nuestro sistema planetario.

Vemos que el sol aparece todos los días por oriente y se oculta por el lado opuesto; más los astrónomos nos han enseñado, después de mucho discutir, que la tierra es la que se mueve y que el sol permanece fijo; pero de una manera o de otra se comprende que, si un viajero marcha constantemente sobre la superficie de la tierra hacia el sitio por donde sale el sol, notará en su reloj que la hora de salida es cada vez más temprano, de tal suerte, que al dar el viajero una vuelta completa a la tierra, llegará al punto de partida un día antes del que allí se cuente; y por tanto se puede anticipar el tiempo, y con él los sucesos, tanto más cuanto con mayor velocidad que la tierra marchemos en igual sentido.

Sentado esto, fácil es comprender la posibilidad de trasladarnos al pasado re­trocediendo en el tiempo mediante un aparato que gire alrededor de la tierra y en sentido contrario, con tanta rapidez cuanta más lejana sea la época a que queramos volver.

Un vehículo de estas condiciones fue el que inventó el viejo tutor, bautizándolo con el nombre de Anacronópete, y en el que viajó en unión de su sobrina reali­zados sus deseos de trasportarse a los tiem­pos antiguos.

Obligó a la sobrina a que hiciese viaje con él por los aires; y el escritor arriba citado hace una descripción de cuanto les sucedió y cómo descendieron a la tier­ra en diferentes épocas, pudiendo pre­senciar curiosísimas escenas de la histo­ria pasada de nuestro planeta.

Y tanto y tanto se propuso retroceder, que descompuesta la máquina no le fue posible detenerla llegando al principio de todo; al caos.

***

Hace pocos días que bañándome una tarde en las playas de Tegina[1] vi un enorme buque de forma cúbica, con cuatro grandes chimeneas en los ángulos supe­riores en forma de ventiladores como los usados en los vapores modernos, sin más aparejo ni otra cosa que a primera vista llamara mi atención.

Al aproximarse a tierra observé que unos cuantos pescadores se disponían a botar una lancha para salir al encuentro de buque tan extraño, pues por su rumbo y manera de navegar parecía completa­mente abandonado. Era por lo tanto una presa excelente; y la idea de que si llegan­do yo antes tomaría posesión de ella, me animaba de tal modo que nadé desespe­radamente abordándola antes que los pes­cadores, que también bogaron de firme.

Di al buque una vuelta a nado bus­cando la entrada, pero todo estaba her­méticamente cerrado; gracias a unas asas metálicas que formaban escaleras pude abordar aquella mole, que bien pu­diera ser como una casa de regulares di­mensiones.

Luego descubrí que por una de las que parecían chimeneas descendía una esca­lera de caracol. Mi primera intención fue bajar, pero ¿qué pasaría allí den­tro? Confieso que me faltó valor y pe­dí a los marineros que estaban en la lan­cha me acompañasen y partiríamos la propiedad de nuestro hallazgo.

Prestáronse gustosos a condición de de­jarlo para el siguiente día, porque con la noche que se aproximaba no se atrevía ninguno.

A la madrugada del día siguiente, por no poder reprimir nuestra impaciencia, penetramos en el interior de aquella ex­traña habitación, y lo primero que se nos ofreció a la vista al terminar el descen­so de la escalera, fue un letrero de relie­ve en una chapa metálica clavada sobre la puerta de ingreso que decía: Anacronópete.

Ya no necesitaba más; sabía dónde me encontraba porque había leído la obra de que hablé anteriormente y no ignoraba que era un aparato para marchar por los aires. En principio hasta conocía su teoría, y solo me faltaba aprender a manejar todas aquellas máquinas, que te­nían por motor la electricidad.

Expliqué a mis rudos acompañantes lo que aquello era y lo creyeron cosa de encantamiento, habitado por brujas y duendes, al extremo de que ninguno qui­so seguir en su interior y mucho menos acompañarme en el viaje, que desde lue­go estaba decidido a hacer por los aires.

Lo primero que hice fue cerciorarme de que no estaba habitado; allí no había vestigio alguno de ser viviente. Después revisé las pilas, observé todas las bobi­nas, ruedas, botones y palancas, tratan­do de conocer el uso a que cada cosa es­taba destinada.

Más de medio día llevaba en esta faena oprimiendo botones y aflojando tornillos sin que funcionara. A las tres de la tar­de estaba rendido completamente, tanto por el trabajo como por no haber comi­do. Traté de satisfacer esta última nece­sidad y me dirigí al sitio que parecía des­tinado a guardar las vituallas, teniendo la fortuna de encontrar muchas cajas de conservas que no negaban su nombre, pues estaban tan frescas como si hubie­sen sido hechas el día anterior.

Comí cuanto tuve gana y me senté a hacer la digestión, bastante intranquilo por el mal resultado de mis anteriores pesquisas, pero con el cerebro más des­pejado dadas las simpatías que existen entre éste y el estómago.

Volví al departamento del motor, y en­tonces me llamó la atención un pequeño ventanillo cerrado con puerta de hierro y con un letrero que decía: Clave. Abrí sin dificultad la portezuela y un botón de platino se presentó a mi vista; hice pre­sión en él con el pulgar, y en el mismo instante sufrí tan fuerte sacudida que ro­dé por el suelo. Repuesto del susto me levanté de prisa y corrí a abrir una de las ventanas que daban al exterior, y… ¡cual sería mi sorpresa al verme suspendido por los aires, contemplando a los habi­tantes de aquella costa que huían despavoridos como del demonio!

Por otra parte, no cabía en mí de júbilo al observar que las máquinas se hallaban en buen estado y funcionaban con regula­ridad, por lo cual traté de detener el movi­miento ascensional tirando del botón pero no iba por eso. Distintas veces le oprimí en diferentes direcciones y el aparato siempre subiendo, lo que no me agrada­ba del todo.

Procuré reponerme y comencé a regis­trar detenidamente la especie de horna­cina que formaba la clave, hasta que descubrí muchos botones, cada uno de los cuales tenía un diminuto letrero que indicaba su uso.

Toqué el que decía alto, y la máquina se detuvo instantáneamente.

Para no cansar con más descripciones debo decir que sin salir de la clave se go­bernaba todo aquel complicado aparato; y conocido como me era, nada me hacía falta para emprender un viaje, pues tam­bién estaba provisto de brújulas, baróme­tros, etc. y de un ingenioso aparatillo que indicaba los días que iban retroce­diendo durante el viaje.

No vacilé un momento.

Quería desandar algunos siglos; quería volver a los tiempos fabulosos, digámos­lo así, de la historia de Tenerife, pasando antes por el período de la conquista pa­ra dar solución a tantos problemas que están al presente sometidos a la crítica sin que saquemos nada en claro. Iba a saber dónde se verificó la batalla de Acentejo[2] cuales son los verdaderos huesos del Adelantado; de donde vinieron los guanches; donde estuvo enclavada Mar Pequeña[3]; en que casa de S. Sebastián de la Gomera vivió Cristóbal Colon[4] y como se llamaba la gomera en donde tuvo un hijo, etc. etc., asuntos todos de gran en­canto para mí.

De nuevo miré todos los botones y oprimí el que decía avante; viendo con gran entusiasmo que surcaba el aire des­cribiendo una trayectoria paralela a la superficie terrestre y con una enorme ve­locidad.

El aparato contador me indicaba por segundos con asombrosa exactitud los años que me iba separando del tiempo presente.

O’Carniol.

(Continuará).

ARTICULO II.

Descenso y sorpresa.

Cuando hube calculado haber retroce­dido un siglo quise descender en el mis­mo lugar de donde había partido; y así lo hice, deteniéndome en los aires a unos 500 metros de altura. Era de noche en aquel momento y me eché a dormir.

Cuando a la alborada del día siguiente descendí del aparato, me encontré rodea­do de mucha gente que agitaban sus som­breros y me vitoreaban.

Causóme gran extrañeza que en el siglo 18 me encontrara aquellas gentes, que parecían menos rudas que los pescadores que habían huido llenos de superstición a mi partida. Es verdad que las personas que ahora tenía a la vista no eran pesca­dores sino de la alta sociedad, a juzgar por sus trajes y maneras.

No pude articular palabra. Estaba ab­sorto completamente; a mi derecha se extendía una magnífica población llena de quintas y jardines. ¿Qué ciudad era aquella? La muchedumbre crecía por mo­mentos y todos gritaban: ¡Hurra! ¡Hurra!   ¡Qué cosa más extraña!… ¿Por qué gritaban hurra? Nunca había leído que en Tenerife existiesen costumbres tales en el siglo anterior. Uno de los circunstan­tes, con patillas de color de melocotón, se me acercó preguntándome:

—¿Good morning?¿How do you do?¿Has occured anything to you?

—Ud. perdone, mister, pero ¿quiere V. decirme donde me encuentro?

—En el Puerto de la Orotava[5], me con­testó en correcto español viendo que era este mi idioma.

Mi sorpresa continuaba en aumento.

Tenía noticia de que «El Puerto» había estado floreciente a principios del siglo, pe­ro ignoraba que su extensión urbana hubiera sido tanta. Además, ¿qué palacios y asombrosos monumentos eran aquellos de que no hicieron memoria las crónicas?

¿En qué fecha estaba mirando al valle de Orotava? ¿Sufriría algún error de cál­culo?

Para salir de confusiones pregunté a mi interlocutor:

—Diga V. ¿en qué año estamos?

—¡Cómo! ¿Lo ignora V.? Ya sabemos quién es V. y de donde viene. Por el te­légrafo nos hemos enterado de que es V. el eminente sabio que acaba de dar direc­ción a los globos[6] y viene probando su aparato. Pues sepa que ha descendido en el valle de Taoro[7] el 15 de marzo de 1992.

Entonces, lo confieso, creí me había vuelto loco. No comprendía nada de lo que me sucedía; y al ver mi cara de extrañeza, mayor era la curiosidad de los que me miraban.

—Señor, dije al inglés, yo no soy sa­bio ni cosa que lo valga, ni he inventado nada en mi vida. Tuve el capricho de viajar en ese aeróstato que me encontré porque deseaba retroceder en el tiempo, y vea V; bien porque el aparato haya funcionado mal, o por torpeza que haya cometido en su manejo, ha sucedido todo lo contrario de lo que me propuse porque he avanzado cuando creía retroceder. Me embarqué en las playas de Tegina el 18 de febrero de 1892, y si alguna diferen­cia hay para completar el siglo es debido a que no tuve en cuenta los años bisies­tos.

El inglés me miraba de hito en hito, como dudando si yo era un loco o trata­ba de tomarle el pelo.

— Me alegro, proseguí, porque si bien mi primer objeto fue estudiar la historia antigua de las Islas, me anticiparé ahora a ver sus adelantos en el trascurso de un siglo.

Nuestro hombre seguía sin comprender­me, más dando muestras de amabilidad se ofreció a facilitarme las noticias que le pedía; y al darme su nombre vine en conocimiento de que no era extranjero, sino nieto de un paisano y condiscípulo mío.

—Observo que la mayor parte hablan el inglés, cosa que me sorprende.

—Esto obedece a que se ha generalizado el idioma después que los reyes de Inglaterra tomaron la costumbre de invernar en Tenerife, siguiendo el ejemplo que a fines del siglo XIX dio la reina Victoria[8], acudiendo con la corte gran número de viajeros, de los que muchos se han establecido en el país para disfrutar de nuestro privile­giado clima, levantando magníficos hote­les y quintas de recreo, como son los que se ofrecen a nuestra vista.

—¿Qué es eso? dije señalando hacia la orilla.

—Sin duda se refiere V. al magnífico muelle construido en el sitio llamado an­tes de Martianes[9], donde acuden flotas de todos los países a cargar el rico y célebre malvasía de nuestro suelo.

— ¿Y aquellos bosques?

—Ese es nuestro incomparable Jardín Botánico[10] y Escuela Práctica de Agricultu­ra, cuádruple en extensión de lo que fue en tiempo de mi abuelo.

—¡Oh! que edificio tan soberbio diviso por aquel otro lado!

— Pues vea V., me contestó, no es el mejor de los veinte hoteles[11] que ha edifica­do la antigua Sociedad Taoro, solamente en este Valle;

— ¿Y aquel otro palacio que se destaca a nuestra frente?

—¿Cuál? ¿Habla V. de aquél de estilo gótico, que es la estación del ferrocarril, o de ese otro de elegantes columnas que es el teatro de la ópera?

—¡Cómo! ¿Hay teatro de la ópera en la Orotava[12]? ¿Existe ferrocarril en la isla?

—¿Que si hay ferrocarril? Hay varios.

Allá en el siglo pasado, por el año 92, se hizo el primer ensayo esta­bleciendo una vía entre Santa Cruz y esta población. Una empresa particular se encargó del asunto y tuvo rendimientos tales que prolongó el camino hasta Icod. Más tarde otra se ocupó de empresa mayor, construyendo la de circunvalación de Tenerife y otras accesorias atravesando diagonalmente las Cañadas y por túne­les las cumbres de Arafo y Vilaflor[13]. Es­ta empresa hizo un soberbio negocio, pues en el primer túnel descubrió un riachuelo que fue canalizado hasta la hermosa vega de Santa Cruz.[14]»

Mire V. en este momento el tren funicu­lar[15], repleto de touristes que acuden a visitar nuestro observatorio astronómico y meteorológico establecido en AltaVista[16].

Efectivamente, en aquellos momentos el sol avanzaba en su carrera; las brisas del norte fueron despejando los densos vapores que cubrían las montañas y bien pronto

«El Teide que se levanta sobre la espuma del mar»[17]

como dijo uno de nuestros mejores poe­tas, apareció a nuestros ojos; grandes ma­sas de nieve le cubrían, y cortándolas oblicuamente se veía una faja amarillenta como una cinta que envolviera la mon­taña.

—Gracias a Dios!, dije, que por fin te­nemos observatorio y primer meridiano.

Así, mientras hablábamos, fuimos pe­netrando en la población donde no encon­tré nada de lo antiguo que conocía, como no fuera alguna iglesia; todo lo demás era moderno, grandioso y de exquisito gusto, aunque severo.

La noticia de mi llegada se extendió por todas partes, y entré en la fonda en medio de una gran multitud de curiosos

Quedé muy complacido del regio servicio del hotel, donde descansé algunas horas.

Cuando me levanté ya el sol se había puesto; abrí un balcón y…. nueva sorpresa: el alumbrado era eléctrico[18] y de lo mejor que había visto. Esto fue un motivo más para desear con vehemencia el marchar a Sta. Cruz con objeto de ver los progresos que suponía realizados, pero no sin que antes suplicara a mi compañero me llevara a la estación telegráfica, para ponerme en comunicación con el Director de El Liberal de Tenérife.

—Por cierto, dijo mi amigo, acabamos de recibir la edición de la mañana de hoy dando cuenta de su llegada de V. Por él hemos sabido que tengo el honor de hablar con el Sr. O’Carniol. Mas ventajoso para V., añadió, será que sin salir de habitación se ponga al habla por el teléfono.

— Pues que; ¿hay red telefónica?

— Toda la isla, hasta el último caserío se encuentra provista de tan importante mejora[19].

Antes de salir de la fonda llamé por timbre eléctrico para pedir la cuenta, y me asombré al ver que ascendía a tres libras.

Llegamos a la estación y al punto salimos en dirección a la Capital, pues las expediciones se realizaban en cada hora, alojándonos en un hermoso coche[20].

O’Carniol.

(Continuará).

ARTICULO III.

Cruzamos con gran velocidad la mayor parte del hermoso Valle de Orotava, qué puede decirse formaba todo una inmensa y pintoresca población, llena de de­liciosos jardines y bellísimos monumentos en la extensión comprendida entre el Puerto y la Villa, que es un verdadero edén, un paraíso sin igual[21].

En breves momentos nos encontra­mos en la Matanza, pasando siempre por preciosísimas quintas, verdes prados es­maltados de palmeras, viñas y árboles frutales; destacándose en la región de Bubaque un elevado obelisco levantado por la Real Económica de la Laguna[22] a la memoria de la célebre batalla de Acentejo, frente a otro monumento conmemora­tivo de la batalla de la Victoria.

En el sitio ocupado antiguamente por la fonda de María, aparecían varios artís­ticos hoteles, punto de cita de la gente alegre y bullanguera.

De la Matanza a los Rodeos no decaía la pintoresca perspectiva, si bien variando a cada instante los encantadores pa­noramas.

Los Rodeos me llenaron de sorpresa.

Toda la campiña se encontraba cubier­ta de lujurioso bosque de árboles fruta­les, por entre los que se descubrían nu­merosas y alegres casas de campo, que iban como dándose la mano a una gran­diosa ciudad tendida en el fondo de la ve­ga, circundada por sierras cubiertas de lozanos bosques: estábamos en La Laguna[23].

A nuestra izquierda se divisaba una gran plaza de toros[24], de estilo árabe, en­tre árboles y jardines por todas partes; a lo lejos se destacaban la cúpula y las tor­res de una nueva Catedral, construida so­bre la antigua que se hundió en el siglo anterior[25], y no lejos de ésta un espléndido edificio, donde se halla instalada des­de hace bastantes años la inolvidable universidad de San Fernando[26].

En fin, una de las ciudades mejor si­tuada y más pintoresca de la provincia.

Al cruzar por sus plazas observamos numerosas estatuas erigidas en recuerdo del Adelantado Fernández de Lugo, Bencomos, Marqués de Villanueva del Prado y otros ilustres varones.

Desde la Laguna a Santa Cruz el viaje fue un soplo. La capital y sus afue­ras, miradas desde arriba, presentaban un golpe de vista sorprendente.

Sus alegres y vistosos edificios ocu­pando una gran extensión, resaltaban del verde follaje, que se extendía hasta las al­turas de las montañas. Bellísimos hotelitos parecían como piedras engarzadas en to­da la dilatada y bien cultivada vega, cru­zada en distintas direcciones por arroyuelos[27]; y por complemento, los montes de Anaga y los del Sur cubiertos de bos­que[28].

No había más que pedir; el agua de Itote[29] (que así se llamaba la canalizada) había operado el fenómeno.

Esta agua servía también de motor para el alumbrado eléctrico[30] y de varias fábricas, alimentaba muchas fuentes, y era en fin elemento esencial de higie­ne y salubridad.

Dos hermosos muelles, casi cruzados, dibujaban su silueta sobre la plateada su­perficie del mar, dejando entre sí un tranquilo puerto cubierto de buques. También me llamó la atención el ver al­gunos fondeados tierra adentro, cerca del barrio del Cabo, y supe que era un dique construido en el antiguo barranco de San­tos[31], hasta más arriba de un soberbio puente de hierro de magnífica manufac­tura[32].

El tren fue bordeando la población, parando en una monumental estación[33] que ocupaba el sitio del antiguo casti­llo de San Cristóbal[34], frente a un hermo­sísimo mercado que nada tenía que envi­diar a los mejores de Europa[35], en cuyas cercanías era tal la afluencia de gente que se hacía difícil la circulación.

Encontré en la capital más de lo que me había imaginado; multitud de pala­cios, tales como el Gobierno Civil, Au­diencia, Diputación, Ayuntamiento, escue­las de lª y 2a enseñanza, círculos agrí­colas y mercantil, Bolsa, Bellas Artes, Escuelas de comercio, industrias, artes y oficios, un magnífico arsenal y otros establecimientos que sería prolijo enume­rar[36].

La animación en las calles era de una capital de primer orden, cruzadas por numerosos tranvías[37] en constante movi­miento y cubiertas por redes telefónicas y telegráficas.

Las transacciones mercantiles y la ac­tividad industrial habían tomado propor­ciones excepcionales. Todo, en una pa­labra, respiraba vida exuberante, y pro­metía un adelanto difícil de concebir.

A la mañana siguiente partí para em­barcarme de nuevo en el Anacronópete con objeto de admirar los progresos del siglo 21, entusiasmado por los realizados en el 20.

Tan luego subí al aparato apreté los botones de ascenso y marcha; y cuando calculé había trascurrido el siglo quise descender, mas la maquina no obedecía. Surcaba el espacio con una rapidez pas­mosa y tan pronto aparecía Tenerife a mi vista como desaparecía. Pasaron siglos y siglos; me volvía loco y no había forma de detener el Anacronópete, hasta que repentinamente una espantosa explosión del aparato, que se hizo pedazos, me arro­jó de espaldas al abismo.

Abrí los ojos, y efectivamente de es­paldas me encontraba, pero en una cama de la fonda de María de la Matanza.

El ruido de cacerolas y pucheros me había despertado, y mi posición boca arriba durante el sueño había sido causa de tan extraña pesadilla.

La Matanza abril 1892.

O’Carniol.

Mapa de localización


Notas y referencias

[1]     Tejina es una población situada a 12 km al noroeste de San Cristobal de La Laguna, en cuya costa todavía faenan los pescadores de Jóver, El Pris, Bajamar o la Punta del Hidalgo. La cercana playa de Bajamar es la favorita de los laguneros por estar resguardada del fuerte oleaje del Atlántico y de las corrientes, muy peligrosas en esa costa.

[2]     Las dos batallas de Acentejo marcaron la conquista de Tenerife por la corona de Castilla. En la primera (La Matanza de Acentejo, mayo de 1491), los hombres del mencey Bencomo derrotaron a las tropas castellanas en un terreno abrupto que les favorecía, habiendo aún hoy polémica sobre la situación del campo de batalla. En la segunda (La Victoria de Acentejo, diciembre de 1495) Alonso Fernández de Lugo logró una clara victoria, muriendo el mencey Bencomo. La Victoria de Acentejo y La Matanza de Acentejo son hoy dos municipios contiguos en la zona de las batallas, a 10 km de La Orotava en dirección a Santa Cruz.

[3]     La Mar Pequeña fue una zona de la costa marroquí en la que se estableció un asentamiento castellano en el siglo XV. El asentamiento se abandonó en la primera mitad del siglo siguiente y su localización se perdió. En el tratado de Wad-Ras de 1860 entre España y Marruecos se reconocían los derechos de España sobre el lugar, pero seguía sin conocerse la localización, de ahí el interés de nuestro protagonista por localizarlo.

[4]     Se acepta hoy, con alguna polémica, que Colón se alojó en la Casa de La Aguada, en la calle Real de San Sebastián de La Gomera, una casa del siglo XV hoy convertida en museo. Hay en la casa un pozo del que se afirma que se abasteció la expedición en su primer viaje a América.

[5]     Es hoy el Puerto de la Cruz la principal localidad turística del norte de Tenerife, en donde, en efecto, el inglés sirve como lingua franca.

[6]     En 1892 sólo se concebían aparatos voladores menos densos que el aire. Por ello, el problema que impedía el vuelo comercial era “dar dirección a los globos”, pronosticándose gran fama a quien lo lograra. Como sabemos, los globos dirigibles no fueron la solución al transporte aéreo.

[7]     El Menceyato de Taoro era la denominación del territorio guanche situado en el Valle de La Orotava.

[8]     No llegó a venir a Tenerife la reina Victoria, pero fueron numerosos los personajes ingleses que pasaron temporadas en Puerto de la Cruz. La popularidad de este destino llevó en la época a la construcción de varios hoteles tanto en Puerto de La Cruz como en Santa Cruz de Tenerife, puerto de desembarco de los turistas. Merece la pena visitar lugares típicamente británicos en Puerto de la Cruz, como el jardín de El Sitio Litre (Little en versión local de la época), la bonita Iglesia Anglicana de Todos Los Santos, de estilo neogótico inglés o la English Library, situada a pocos metros de la Iglesia y centro social de la numerosa comunidad británica residente en el lugar.

[9]     En la costa de Martiánez hay sólo un pequeño puerto de pescadores y es hoy más conocida por el complejo turístico del Lago Martianez, diseñado por César Manrique. Hacia 1905 el Ministerio de Marina estudió seriamente la construcción del Puerto de Martiánez, que no llegó a término. Un gran puerto en el norte de Tenerife es un proyecto cuyo debate aún resurge cada cierto tiempo.

[10]   El Jardín de Aclimatación sigue existiendo con la denominación de Jardín Botánico. Su función original era aclimatar las especies vegetales procedentes de América.

[11]   El gran edificio del Gran Hotel Taoro todavía preside la parte alta de Puerto de La Cruz.

[12]   La Sociedad del Liceo Taoro, fundada en 1855, sigue siendo una referencia cultural en La Orotava. Aunque no llegara a construir un Teatro de la Ópera, el palacete del Liceo Taoro, construido en 1928, es sede de la Coral Polifónica y de frecuentes actividades musicales y teatrales.

[13]   La historia del ferrocarril de Tenerife daría para una novela por sí misma. Hacia 1891 la prensa local reflejaba el interés de los británicos Sres Hamilton y Cia en construir un ferrocarril entre Santa Cruz y La Orotava. Se propuso en las mismas fechas un ramal hacia el sur de la isla desde Santa Cruz e, incluso un túnel para atravesar la dorsal montañosa hacia Arafo, en la vertiente opuesta de la isla.
En abril de 1892 se somete a deliberación en Las Cortes un proyecto de ley sobre la construcción de esta vía férrea, que se aprueba en el Congreso y pasa al Senado en mayo del mismo año. En octubre de ese año trabajan los ingenieros en el trazado y en febrero de 1895 la prensa local describe con todo detalle recorridos, paradas y los edificios de las estaciones.
El Boletín Oficial de la Provincia de Canarias de 15 de septiembre de 1909  recoge “la lista nominal de los interesados en la expropiación” pero, el proyecto que parecía avanzar a buen ritmo, se estancó a partir de aquí. Sólo se llegó a construir, con el nuevo siglo, un tranvía entre Santa Cruz y Tacoronte.
Todavía hoy, al calor de la irritación que causan los atascos en la autopista del norte, resurgen las propuestas de construcción de este ferrocarril, reclamado por desarrollistas y rechazado por ecologistas.

[14]   A partir del final del siglo XIX se perforaron en las montañas galerías horizontales de titularidad privada en busca de agua y fueron frecuentes los descubrimientos de venas de agua que permitieron el riego de mucha superficie agrícola. En Tenerife hay alrededor de 1600 km de galerías de agua. Estas aguas se canalizaron mediante atarjeas de mampostería hasta los lugares de consumo, siendo el principal suministro de agua de la isla hasta la llegada de las desaladoras.

[15]   La propuesta de este funicular es incluso anterior a la del ferrocarril, pues en 1890 la prensa propone la construcción de un ferrocarril turístico entre el Puerto de la Cruz y el Teide “a fin de que los que hagan expediciones al famoso Pico de Tenerife, tengan una vía expedita y fácil, de la que hoy carecen” (La Opinión, 27 nov. 1890). En 1971 se terminó un teleférico que asciende a la cumbre del Teide.

[16]   Hay hoy en Altavista únicamente un refugio de alta montaña, pero acierta el autor al predecir un observatorio astronómico y meteorológico en las faldas del Teide. Las laderas de Izaña son hoy una de las principales bases de telescopios de la astronomía europea, liderados por el Instituto de Astrofísica de Canarias. También está allí el Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, uno de los tres observatorios meteorológicos que en el mundo controlan el aumento de la concentración de dióxido de carbono atmosférico.

[17]   Ernesto Lecuona Ramos. “A la tierna poetisa doña Julia Serrano”. El Semanario n.º 8, Santa Cruz de Tenerife 21 de marzo de 1886. Ernesto Lecuona Ramos fue el padre del compositor y pianista Ernesto Lecuona Casado.

[18]   En la década de 1880-90 pugnaban los proyectos de iluminación pública de gas con los de iluminación eléctrica. Tras alguna demostración de iluminación eléctrica en 1881, parece que Santa Cruz de Tenerife, como capital de la provincia de Canarias, estaba llamada a ser la ciudad que tuviera la primera instalación de este tipo. Sin embargo fue Santa Cruz de La Palma la que inauguró su iluminación en diciembre de 1893 y La Orotava inauguró la suya en septiembre de 1894. Estas dos ciudades aprovecharon la facilidad que les daba la producción hidroeléctrica, de la que Santa Cruz de Tenerife carecía. En Santa Cruz de Tenerife hubo que construir una central térmica e inauguró su iluminación en noviembre de 1897.
A lo largo del siglo XX se extiende la red eléctrica por toda Canarias, dándose por culminada la electrificación moderna y estable en 1983, a tiempo de que nuestro viajero en el tiempo la apreciara.

[19]   Acierta el autor en que durante el siglo XX se tenderían líneas telefónicas por la mayor parte de la isla. Pero no hasta el último caserío, debido a lo inaccesible de muchos de ellos. La telefonía inalámbrica casi lo logró, pero aún falta este servicio en algunos valles de montaña.

[20]   He aquí una de los principales desaciertos de la predicción. En 1892 el vehículo automóvil que Benz había probado en 1886 era una curiosidad sin perspectiva de futuro y hay que esperar a 1908 para que Henry Ford presentase su Ford T (en cuyo honor en Canarias se llama a los coches viejos “fotingos”), de forma que el autor no supo predecir los desplazamientos basados en automóviles y autopistas que predominan hoy en Tenerife.

[21]   En efecto, la urbanización del Valle de La Orotava ha hecho que pierda mucho de jardín y tenga ahora mucho de inmensa población.

[22]   Existe aún la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, fundada en 1777 y con sede en La Laguna (www.rseapt.es/es/), con buena salud y gran actividad cultural. Se conserva un expediente de 1884 de esta sociedad sobre la localización del lugar de la batalla para erigir un monumento en piedra. El monumento no se llegó a erigir.

[23]   Este es el otro principal desacierto del autor, al no haber podido suponer el advenimiento de los aeroplanos y de la aviación. Los Rodeos, siendo una de las zonas más horizontales de la isla, fue una fértil vega hasta que fue cubierta en gran parte por la pista y las instalaciones del más antiguo de los dos aeropuertos de la isla. Los Rodeos empezó a funcionar como pista en 1929 y es formalmente aeropuerto internacional desde 1946. Más al norte, entre San Cristobal de La Laguna y los espesos bosques de laurisilva del Monte de Las Mercedes, se extiende otra vega que va siendo poco a poco absorbida por la ciudad.

[24]   La plaza de toros de La Laguna tuvo una existencia efímera. Inaugurada en septiembre de 1891 con grandes expectativas reflejadas en la prensa de la época, aparece en los mapas de La Laguna de entonces en las afueras en el extremo sur de la ciudad, al borde del antiguo barranco de Cha Marta. Sin embargo a finales de esa misma década queda abandonada y ya no hay rastro de ella.

[25]   No hay nueva Catedral ni se hundió la antigua, aunque muy cerca estuvo el autor de acertar en su predicción. El mal estado de cúpulas y bóvedas a finales del siglo XX llevó a la completa demolición de estas, lo que obligó a cierre de la catedral entre 2002 y 2014.

[26]   La antigua Universidad de San Fernando había sido suprimida en 1845, reconvertida a Instituto de Segunda Enseñanza. Se conserva el edificio con claustro en el actual IES Canarias-Cabrera Pinto, de visita obligada en la ciudad. La reinstauración de la Universidad era en 1892 una reclamación muy intensa en la que se basa el autor. Se logró la implantación de los primeros estudios universitarios en 1917, siendo en 1927 cuando se crea la actual Universidad de La Laguna.
Acierta el autor al hablar del “espléndido edificio”, aunque está situado más lejos de la Catedral de lo que él supuso y es fácilmente visible desde la autopista para quien viaje entre Santa Cruz y el Valle de La Orotava. Aunque comenzado a construir en 1935, debido a la Guerra Civil y a los sucesivos retrasos, no se terminó hasta 1960 y pudo así estar visible para nuestro viajero en el tiempo.

[27]   Se conservaron zonas de plataneras alrededor de Santa Cruz hasta mediado el siglo XX, cuando el crecimiento de la ciudad consumió todo el suelo disponible.
Hay todavía, cerca del extraordinario Parque García Sanabria y en los alrededores de la Rambla de Santa Cruz, un Barrio de Los Hoteles que corresponde a la expansión de la ciudad en la primera mitad del siglo XX. Y son abundantes los árboles en sus calles: laureles, ficus, palmeras y flamboyanes de flor roja o violeta son una de las señas de identidad de la ciudad.

[28]   Se conservan los bosques de laurisilva de Anaga. No así los del Sur, si es que alguna vez existieron.

[29]   Hace alusión el autor a las galerías situadas en el norte de Tenerife, en donde se sitúa la Morra de Itote, de casi 1800 m, la máxima altura del municipio de Santa Úrsula. Cerca están el barranco y la fuente de Itote.

[30]   Como ya se señaló, la electrificación de Santa Cruz siempre se basó en un origen térmico.

[31]   Se construyó frente al Barranco de Santos un dique que ya estaba terminado hacia 1980, así que pudo verlo nuestro viajero.

[32]   El puente de hierro sobre dicho barranco, inaugurado en 1893, sobrevivió hasta una avenida de agua en 2010 que obligó a sustituirlo.

[33]   En realidad el proyecto de ferrocarril situó la estación (que nunca se construyó) en el barrio de El Cabo, en el solar en que hoy está la Delegación de Hacienda estatal.

[34]   Principal castillo defensivo de Santa Cruz de Tenerife, estaba situado en la actual Plaza de España. Se conserva parte de sus muros, visitables bajo la citada plaza, al final de la muy comercial calle del Castillo.

[35]   Se construyó este mercado en 1944 y recibió el nombre de Nuestra Señora de África, aunque se conoce popularmente como “La Recova” y tiene, en efecto, gran afluencia de turistas y locales. Pero no fue cerca del desaparecido Castillo de San Cristobal, sino en un lado del Barranco de Santos por encima del Hospital Civil, hoy convertido en museo. En la situación descrita por el autor están los edificios de Correos y del Cabildo Insular en la Plaza de España.

[36]   Existen prácticamente todos estos edificios que no existían en 1892. La capitalidad de la provincia había pasado de La Laguna a Santa Cruz con la constitución de 1812 y Santa Cruz distaba mucho de ser una gran ciudad. Los edificios institucionales estaban por construir: Capitanía General data de 1881, el Cabildo (antes de 1912, Diputación) es de 1940, el Ayuntamiento se construye entre 1899 y 1916 y el Gobierno Civil en 1951. En cualquier caso, se construyeron a tiempo de que los viera nuestro viajero.

[37]   Como ya se citó anteriomente, hubo un tranvía que subía desde Santa Cruz a La Laguna y terminaba en Tacoronte, que funcionó entre 1901 y 1956. Y hay hoy un tranvía que atraviesa la ciudad, pero es de factura moderna, inaugurado en 2007. Por tanto, nuestro viajero no pudo ver en 1992 ningún tranvía circulando.

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La primera tarjeta de navidad de la historia

En 1843 el mismo año en que Charles Dickens publicó su libro Cuento de Navidad. Un educador inglés y socialite  llamado Henry Cole, hacia cada vez más amistades en el círculo de la élite victoriana, pero sus habilidades sociales le trajeron un «problema»: tenía demasiados amigos.

Dada la costumbre de enviar cartas tanto por navidad como por Año nuevo, Sir Cole estaba ansioso, ya que no veía la forma de cumplir con hacer lllegar sus felicitaciones a todas las personas que conocía, más aparte realizar sus labores diarias.

J.C. Horsley

En el año 1843, Sir Cole, quien pasaría a la Historia por ser el fundador del Museo de Victoria y Albert en Londres, se vio preso de la ansiedad por tratar de responder su correspondencia. Así que hizo uso de su ingenio y pidió a un amigo, pintor y académico J.C. Horsley, que imprimiera copias de una ilustración suya de una típica escena familiar navideña en una pequeña cartulina que incluyera una felicitación genérica: «FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO»

Además, incluía una línea en blanco con un «De:» y otra con un «Para:». De esta manera había nacido la famosa tarjeta de navidad. 

El diseño de esta tarjeta ofrecía una ilustración de una familia que bebía vino junto con un niño pequeño, lo que provocó el rechazo de los puritanos que clamaban que esa escena fomentaba el alcoholismo. En la tarjeta, la escena central de la abundancia está compensada por los paneles laterales que muestran al hambriento siendo alimentado y al desnudo vestido. El marco enrejado con vides que se arrastran, un símbolo de abundancia con connotaciones religiosas, delimita las escenas separadas mientras las conecta dentro del mismo diseño general, reforzando el mensaje moral de que la comodidad material impone una obligación social de ayudar a los menos afortunados, lo cual es personal y comunitario. y no simplemente la prerrogativa del estado.

Ambos amigos no se quedaron ahí, y decidieron que sería una buena idea venderlas, de tal manera que encargaron mil ejemplares, los cuales venderían por 1 chelín cada uno. Tras la idea llegó el negocio. 

De las mil tarjetas que se fabricaron aquel año, quedan muy pocas. Una de ella se subastó por 8.500 libras en 2005.